miércoles, 14 de septiembre de 2016

Fragmento del libro “Mi Doctrina” por Adolf Hitler 


La prensa:

Es costumbre, en los círculos periodísticos, designar la prensa como un gran poder en el Estado. En realidad, su importancia es verdaderamente inmensa, y no se debe subestimarla; pues, en efecto, es el periodismo el que continúa realizando la educación de los adultos. Se puede, a grosso modo, dividir a los lectores de diarios en tres categorías:

1. Los que creen todo lo que leen.
2. Los que ya no creen nada.
3. Los cerebros que examinan con espíritu crítico lo que han leído antes de juzgar.

El primer grupo es numéricamente el mayor. Comprende la gran masa del pueblo y representa, pues, desde el punto de vista intelectual, la parte más sencilla de la nación. Con este grupo, no se puede relacionar tal o cual profesión particular; a lo sumo se puede, a grandes rasgos, trazar en él divisiones según los grados de inteligencia. Pero comprende a todos los que no han recibido, por su nacimiento o su educación, el don de pensar por sí mismos y que, sea por incapacidad o por imposibilidad de criticar, creen todo lo que se les presenta, con tal que esté impreso.

Con este grupo se relaciona esa categoría de holgazanes, que podrían pensar por sí mismos pero que, por pereza espiritual, aceptan con reconocimiento todo lo que otro ha pensado ya, suponiendo modestamente que el que ha hecho esfuerzo por pensar, habrá pensado bien. Sobre todos aquellos que representan la gran masa, la influencia de la prensa será extremadamente importante. No están en disposición ni en situación de examinar por sí mismos lo que se les presenta... Esto puede constituir una ventaja si tienen por guía a autores serios que investigan la verdad. Pero si los que los informan son canallas o embusteros, esto constituye evidentemente una desventaja.

El segundo grupo tiene una importancia numérica muy inferior. Está formado, en parte, por elementos que habían pertenecido antes al primer grupo, puesto que, después de largas y amargas desilusiones, han pasado a la actitud contraria, y ya no creen en nada... en cuanto se les habla por intermedio de un texto impreso. Detestan todos los diarios, no leen ninguno, o bien desaprueban sistemáticamente todo su contenido que no es, según ellos, más que un tropel de inexactitudes y de mentiras. Estos hombres son de difícil manejo; pues, aún en presencia de la verdad, conservan siempre su desconfianza. Son, por consiguiente, nulos para todo trabajo positivo.

Por último, el tercer grupo es con mucho el más escaso. Está formado de espíritus verdaderamente inteligentes y de gusto afinado, a los cuales dotes naturales unidas a la educación han enseñado a pensar, que tratan de juzgar cada asunto por sí mismos, que someten todo lo que han leído a meditaciones y exámenes profundos y frecuentes. No leerán un diario sin colaborar largamente por medio del pensamiento con el autor, cuya labor es entonces difícil. Se comprende que los periodistas no estiman a estos lectores sino con cierta reserva. Para los que pertenecen a este tercer grupo, las estupideces con que un diario puede adornar sus textos son poco peligrosas, o al menos poco importantes. En el curso de su vida, han adquirido la costumbre de ver en el periodista un personaje poco serio, que no dice la verdad sino de vez en cuando. Es triste que la importancia de estos hombres superiores resida en su inteligencia y no en su número, lo cual es de lamentar en nuestra época en que la sabiduría no es nada y en que la mayoría lo es todo. En nuestros días, como la cédula de voto de la masa prevalece, el grupo más nutrido es el que tiene forzosamente mayor importancia, es decir el tropel de sencillos y de crédulos.

Es un deber de Estado y un deber social de primordial importancia el proceder de manera que estos hombres no caigan en las manos de educadores perversos, ignorantes o aún mal intencionados. Por eso, el Estado tiene el deber de encargarse de su educación y de impedir todo artículo escandaloso. Por eso debe vigilar severamente la prensa, pues su influencia sobre tales hombres es la más poderosa y la más durable que hay, ya que su acción no es efímera sino continua.

La importancia preeminente de su enseñanza reside enteramente en la repetición igual y constante de esta enseñanza. Aquí, como en otras cosas, el Estado no debe olvidar que todos los medios deben concurrir a un mismo fin. No debe dejarse engañar o engatusar por las fanfarronadas de lo que se llama libertad de prensa, que lo conducirían a faltar a su deber y a privar a la nación de ese alimento que le es necesario y la fortalece. Debe, con decisión y sin dejarse detener por un obstáculo cualquiera, poner este medio de educación al servicio del Estado y de la nación.

(Adolf Hitler, Mi doctrina, Capítulo III: La propaganda, la prensa, pág. 27-28)


Libro: 



El 10 de febrero de 1933 se celebra en el Sportpalast de Berlín un momento histórico: Adolf Hitler se dirige por primera vez a la nación como canciller de Alemania en un mitin de proporciones colosales. Joseph Goebbels hace una brillante introducción exponiendo a los enemigos del resurgir nacional. 

Traducido por primera vez al español por AJ


Primer discurso de Adolf Hitler como canciller de Alemania, celebrado el viernes, 10 de febrero de 1933 en el Sportpalast de Berlín, sólo 11 días después de asumir el cargo. 

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